Manolo

Manolo se cruzó en mi camino, o mejor dicho yo me crucé en el suyo justo unos meses después de la muerte de mi padre. En esos primeros momentos vi en él al padre que ya me estaba faltando. Sin embargo, en cada encuentro la diferencia de edad entre nosotros se iba acortando,  debido  sobre todo a su impelente actitud; mutabilidad y veleidad ante lo que no le interesaba. Este estilo tan particular me hizo ver en él a un coetáneo amigo. Y qué decir de su infatigable estómago, la envidia de todos, capaz de digerir, sin mayor problema, los menús más exquisitos de sus restaurantes favoritos: Frutos, María, Salmuera y Godoy.

Ciertamente los dos venimos de mundos distintos. Él odia madrugar y yo odio trasnochar. Mi ambición en el plano profesional gravita alrededor de la creación y gestión de empresas, algo que choca frontalmente con la esencia del mismo Manolo, que sintetiza a un hombre sin apriorismos, reglas ni corsés, que no planifica y evita con disimulo todo lo que suene a compromiso banal. Sin olvidar el detalle de que Manolo sigue haciendo su columna diaria a la que nunca ha faltado desde hace más de medio siglo. Eso sí que es compromiso y lo demás es cuento chino.

Manolo y la tecnología son como el agua y el aceite, nunca se mezclan por más que se intente. En mi condición de empresario del sector TIC pocas coincidencias teníamos sobre nuestros círculos de amigos y costumbres. Este sin embargo es el gran enigma que suele sucederse entre dos desconocidos, al que unos llaman química y otros más refinados “feeling”. Realmente me hizo falta poco tiempo para sumarle a la  corta lista de Amigos con mayúsculas que uno tiene.

Manolo resulta ser un personaje de esos surgidos de novelas y, por desgracia, una especie en peligro de extinción. Un representante inequívoco del nihilismo positivo. Un egregio poeta y periodista, pero sobretodo una gran persona que no deja a nadie indiferente.

No puedo dejar pasar la oportunidad de hablar de la Fundación Manuel Alcántara. Ha cumplido un año de vida desde su constitución; muy a pesar de los sandios agoreros congénitos de actitud pesimista que en nuestra Málaga hay por doquier. Ésos que de manera subrepticia y adrede tienen como profesión el poner trabas y piedras en el camino, permaneciendo a la espera de cualquier tropiezo de las buenas iniciativas para inferir la tan manida frase: ya lo decía yo…

Verdaderamente son dos los años transcurridos desde que surgió la idea, o más bien la chispa creadora de esta Fundación, halo de esperanza para los tiempos que nos han tocado vivir de prisas, banalidades y cultura de lo crematístico versus auténtico.

Por suerte tenemos Manolo para rato y desde aquí quiero hacer una promesa a él y a Málaga: seguiré dedicándome a la Fundación y estaré ahí apoyándola para que su legado quede a cubierto y pueda ser el deleite de generaciones venideras in perpétuum.

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