Anarquía o democracia

Lo que está sucediendo alrededor del movimiento 15-M puede considerarse la expresión máxima de la democracia, o por el contrario una clara llamada a la insumisión de leyes y principios fundamentales: la anarquía. Siempre suele existir una delgada línea entre dos conceptos antagónicos. Por esta razón, tenemos que tener cuidado de no poner en serio peligro lo que nos ha costado conseguir. Sin embargo, este movimiento es un hecho que podemos constatar, y lejos de buscar culpables de quiénes están detrás, debemos analizar la causalidad que tendrá esta iniciativa ciudadana.

Vivimos en una era donde la multiplicidad de canales de comunicación y la intensidad a la hora de expresarnos y comunicarnos no tiene parangón. La gente necesita estar informada, participar y sentirse implicada. Esto es un nuevo fenómeno que hay que gestionar desde la clase política. Es posible que no haya habido tiempo para asimilarlo, pero el reto está servido y algo deben hacer nuestros políticos. Ya lo decía Winston Churchill: «Es necesario tener valor para levantarnos y hablar, pero también para sentarnos y escuchar».

Si se analiza bien lo que dice el manifiesto de la Puerta del Sol, y haciendo antes un ejercicio de abstracción del radicalismo e impostura de algunas de sus propuestas, concretamente la de abolir la ley del plan Bolonia, tachándola de discriminatoria e injusta ¿? Estoy muy de acuerdo con algunas de las propuestas, y subrayo: la idoneidad de reformar la Ley Electoral para que vuelva a sucederse un gobierno de los ciudadanos. Una democracia participativa. Explicitar un código deontológico para que los políticos imputados no puedan acceder a ningún cargo público como medida disuasoria. Abolición de los sueldos vitalicios de los políticos a la hora de ostentar un cargo público, efectiva separación de poderes ejecutivo, legislativo y judicial…

Básicamente, el problema radica en nuestra clase política, que está demostrando no estar a la altura, que no es capaz de cambiar su discurso y su modus operandi ante el hartazgo generalizado. En efecto, hay razones de peso para que la gente salga a la calle y exprese su disconformidad ante el abuso reiterado del sistema autocrático que se ha instalado en nuestra democracia, o el nepotismo como deporte nacional. Políticos que sólo saben pedir el voto insistentemente con mensajes enlatados y faltos de contenido. Que buscan no cambiar el statu quo que le confiere el puesto al que aspiran, y cuando consiguen su objetivo se olvidan de inmediato cuál es su verdadero cometido y función, comenzando así su carrera particular en donde prevalece el yo frente a los intereses generales. El egoísmo y la egolatría son los males endémicos de nuestra clase política, y de las propias instituciones que lo permiten.

Cierto es que la naturaleza del descontento es bien distinta, aunque al final se concluye de que algo debe cambiar, y pronto. En tal caso estaremos expuestos a que se desencadene la anarquía y el caos, ya que en este tipo de movimientos «espontáneos» al final lo terminan manejando grupos de radicales y ácratas que nada tienen que perder. Este escenario es lo último que debe suceder en España, y máxime en la situación de dificultad en la que se encuentra nuestra economía. Puede ser el golpe de gracia para sumir al país en una profunda crisis de la que no saldremos en décadas. Entonces, ¿qué país van a heredar nuestros hijos?

Anarquía o democracia

Artículo semanal publicado en la Opinión de Málaga.

Francisco Barrionuevo
Presidente ejecutivo Novasoft
Presidente del Consejo Social de la Universidad de Málaga
Presidente ejecutivo Fundación Manuel Alcántara